Tenemos un modelo tan preconcebido de las cosas, también en lo educativo, que reproducimos permanentemente los esquemas de poder y dominio. (…) Se trata de convivir, de tener y sentir sus experiencias vitales entender con ellos otro tipo de ética, también de leyes, sus leyes, otra manera de abrirse paso en la vida, de resolver sus necesidades básicas, de adaptarse a cualquier tipo de situación a la que se han visto obligados. (…). No hay un ellos y nosotros, donde “ellos” significa los pobrecitos chavales que hay que redimir o reinsertar.
Ignoro si existe la categoría de buenos y malos para clasificar a los seres humanos. En todo caso hace mucho tiempo que no me sirve para explicar el mundo de las relaciones ni los juicios que hacemos sobre determinados comportamientos. Lo bueno y lo malo dependerá de quién haga la definición y, sobre todo, desde qué perspectiva. Es curioso que siempre que criticamos a una institución, alguien salga al paso respondiendo: hombre, las hay buenas y malas. Buenos y malos policías, jueces, curas, políticos… Y añado desde qué perspectiva, porque una misma persona es tachada de buenísima por un sector de gente al tiempo que es condenada por otro sector.
Prefiero entender la ética desde categorías distintas a las de bondad o maldad que son más bien producto de una cultura basada en el afán de perfeccionismo y en la regla o modelo. ¿Podrá medirse por la misma regla al gitano y al payo? ¿A un hijo de un burgués y a un niño de la calle? ¿Por qué somos tan sensibles con los de Brasil y tan hostiles con los de la calle madrileña? Desde esta perspectiva está claro que tachemos de malos o impuros a quienes no se acomodan a nuestro modelo. Pero sin ella, intentaríamos descubrir el por qué de las reglas de los otros, el por qué de sus comportamientos, actitudes y respuestas y, entonces, perderíamos nuestro afán de enseñar, que más bien significa dominar, y trataríamos de aprender, de nuevo contemplar, lo que nos llevaría a entender la educación como una interacción permanente por la que podemos dar juntos, ellos y nosotros, pasos de maduración y enriquecimiento.
Por eso el punto de partida es la incondicionalidad, no poner condiciones, lo que nos lleva en muchas ocasiones a ser cómplices, a dejar complicar nuestra vida con la de ellos. La pregunta, entonces, sería ¿al servicio de quién estamos, al de la institución que nos paga o al de las personas para quienes yo adquirí determinada profesionalidad? Y esta perspectiva, sin duda, tiene sus consecuencias y complicidades.
La palabra solidaridad no está de moda. Yo la recuperaría desde la cercanía, la contemplación y el enamoramiento.
*Somos profesionales que tratamos que con nuestra orientación y apoyo, las personas con alguna dificultad, construyan su propio marco de desarrollo profesional. Y eso se convierte en nuestro compromiso.
Si la función del educador, entre otras, es acompañar los procesos de
crecimiento personal de personas con dificultades, cometeríamos un grave error si como educadores cayésemos en incoherencias a lo largo de este proceso de acompañamiento.
Se podría decir que mediante el diálogo, las reflexiones y las argumentaciones los educadores tenemos la posibilidad de posicionarnos sobre ciertos valores, hechos y circunstancias que envuelven la acción social y educativa.
El compromiso necesariamente implica tomar conciencia de las consecuencias de nuestra intervención y por tanto, en ese proceso se da la posibilidad de elegir la profundidad de nuestros compromisos.
Nuestra profesión requiere una gran cantidad de conocimientos y habilidades técnicas, pero es precisamente por este motivo que creemos que el dominio de las técnicas no puede olvidar la dimensión humana de las personas con las que se trabaja ni tampoco la propia. El compromiso se forja tanto en la interacción entre los aspectos teóricos y los prácticos, como en la interacción entre los aspectos personales y los profesionales.
